CAPÍTULO 1. Bienvenidos al Hueso Hueco
«Hijo, nunca aceptes comida de extraños ni trabajos que huelan demasiado bien para ser ciertos», ladró mi madre el día que abandoné el barrio. Vaya si tenía olfato la vieja. Recuerdo que lo dijo mientras me ajustaba por última vez el viejo collar de cachorro; sus patas, normalmente tan firmes para amasar pan o repartir collejas educativas, temblaban ligeramente. Y en sus ojos, bajo la capa de severidad protectora, vi un brillo húmedo que me hizo un nudo en el pecho. Conmigo, bajo la pata, llevaba mi cuaderno desgastado. En la oreja, un bolígrafo, obsequio de mi tía Trufa. Y en el corazón, la ingenua esperanza de convertirme en un escritor respetable. Uno de esos perros con pipa en la boca y un reluciente collar de cuero de Luigi's, la marca fetiche de cualquier perro con clase.
Poco sabía yo que mi primera gran historia olería a todo menos a eso. Porque, cuando eres joven, soñador y cargas con un nombre como Abilio, la realidad suele desprender un olor muy distinto al de tus fantasías.
Mi sueño, desde luego, no olía a eso.
El hedor me asaltó antes de que mis patas tocaran la moqueta raída del vestíbulo: una mezcla acre de café requemado durante siglos, desinfectante de limón industrial —tan falso que ofendía al olfato—, y el tufo persistente a sueños de perros ahogados en tinta roja. Olía a lunes perpetuo.
Pero había algo más. Una nota casi imperceptible bajo la pestilencia general, un efluvio esquivo como a billetes viejos, un aroma que se deslizaba desde las alturas del edificio. Un olor que emanaba de ese mítico Tercer Piso del que ya me habían susurrado leyendas urbanas con olor a miedo. No solo olía a Innovaciones Caninas SA; olía a verdades silenciadas, a algo turbio y cuidadosamente oculto.
Esperaba en una sala que intentaba pasar por moderna, bajo la mirada vidriosa de una perra recepcionista cuya piel, curtida y ajada, delataba décadas de reformas laborales y promesas rotas. Me observaba por encima de unas gafas con cristales gruesos y opacos (como el fondo de una cafetera industrial sin estropajo desde hacía siglos), con una expresión que conjugaba lástima y advertencia silenciosa. Cuando ladró mi nombre —«¡Abilio!»—, un escalofrío me recorrió el espinazo. Aquello no fue una llamada. Resonó como una sentencia.
Me guio por un pasillo estrecho, tapizado con una moqueta marrón que había conocido días mejores, probablemente en otra vida. Al final, se alzaba una puerta ostentosa con una placa dorada que ladraba:
Perro Yáñez. Presidente.
¡INNOVADOR MÁXIMO!
Toqué con la pata temblorosa. La puerta se abrió con un chirrido que evidenciaba una bisagra sin engrasar desde la fundación de la empresa.
Y allí se materializó él: Perro Yáñez. Sentado tras un escritorio tan descomunal que parecía una pista de aterrizaje para complejos de inferioridad. Su pelaje, impecable, gritaba peluquería canina de lujo, pero su sonrisa forzada era más bien una mueca de dolor al intentar recordar mi nombre. Un ligero tic nervioso agitaba su cola perfectamente cepillada.
—¡Ah, Abilio, muchacho! ¡El nuevo fichaje estrella! ¡Bienvenido a la gran familia de Innovaciones Caninas! —exclamó, con un entusiasmo que olía más a marketing que a sinceridad—. ¿Listo para sumergirte en el vórtice de la sinergia disruptiva?
Tragué saliva, sintiendo la garganta seca.
—¿Disruptiva? —pregunté, mi voz apenas un hilo.
—¡Exacto! —Su ladrido retumbó—. Aquí creemos en el talento joven, el dinamismo cuántico y, sobre todo, ¡en la optimización absoluta de recursos! —Hizo un gesto circular con la pata, como si dibujara el universo—. Por eso hemos implementado nuestro revolucionario Programa de Reestructuración Interna y Mejora de la Organización de Recursos. ¡El PRIMOR! Una metodología holística que redefine los paradigmas del…, bueno, ya lo irás captando. ¡Lo importante es el acrónimo, porque suena potente!
Asentí, aunque mi cerebro solo procesaba ruido blanco con olor a ambientador de limón.
Me asignaron un rincón en la oficina principal, un espacio tan olvidado que compartía pared con un extintor cuya etiqueta, amarillenta y triste, proclamaba: «Revisar algún día». Levanté el hocico. Aquello no era una oficina; bullía como un zoológico sin jaulas, un manicomio para perros que habían olvidado cómo ladrar con alegría.
Chihuahuas con ojos inyectados en cafeína aporreaban teclados desvencijados, intentando hackear el Pentágono con un ábaco. En una esquina, un sabueso cínico, Lazcano, hacía rebotar una pelotita de goma contra la pared con una precisión insultante. Cerca, una perrita esponjosa de mirada vivaz, Cotufa, grababa disimuladamente con su móvil mientras fingía ajustar sus gafas.
De repente, una voz grave, fuerte, pero extrañamente pausada retumbó detrás de mí.
—¿Primer día, eh, novato?
Me giré. Era Mandíbulas, un mastín imponente cuya expresión parecía albergar una serenidad absoluta. Sostenía una taza con las palabras Zen Total escritas con rotulador.
—Sí, soy Abilio… —empecé.
Lazcano, sin dejar de hacer rebotar la pelota, interrumpió con una risita afilada:
—Nah. Aquí no duran los Abilios. Te llamaremos Galleta. —Me miró fijamente, su sonrisa torciéndose un poco más—. Porque aquí los nuevos crujen y se deshacen rápido. Bienvenido a la trituradora, Galleta.
Mandíbulas asintió lentamente, como si confirmara una ley universal inmutable.
—Sí, Galleta. Te comerán vivo. Pero sin prisa. Aquí todo es lento.
Galleta. La palabra resonó no con la crueldad juguetona de Lazcano, sino con un eco sombrío en mi estómago. Miré mis patas, de repente demasiado frágiles. Recordé la mirada preocupada de mi madre al despedirme, su ladrido sobre los «trabajos que huelen demasiado bien». ¿Era esto? ¿El crujir antes del desmoronamiento? Por un instante, el sueño de la pipa y el collar de cuero de Luigi's se sintió como una burla infantil. Quise salir corriendo, volver al olor familiar de mi barrio, a las reprimendas de mi tía Trufa, a las carreras sin sentido con el viejo Cartujo por el parque y a las siestas al sol con Chamaco en el porche. Pero estaba dentro. Y una aprensión visceral, fría y pegajosa, muy distinta al cinismo que empezaba a insinuarse, me dictó que ahora solo quedaba intentar que no me hicieran migas demasiado pronto.
Cotufa se acercó como un torbellino, móvil en ristre.
—¿Galleta? ¡Perfecto! Suena a algo que se rompe fácilmente. ¡Ideal para mi sección Sobreviviendo al Primer Día! ¿Quieres decir unas palabras inspiradoras para la cámara?
—Eh…, ¿inspiradoras? —tartamudeé, sintiendo la mirada divertida de Lazcano clavada en mi nuca.
—¡Sí! —insistió Cotufa—. Algo como… «Estoy emocionado por contribuir al PRIMOR y optimizar mis recursos personales». ¡Sonríe!
Miré a la cámara con la misma expresión que tendría un perro al que le ofrecen brócoli.
—Estoy… encantado… de ser… Galleta… —logré balbucear—… y espero… optimizar… mi… rotura…
Cotufa apagó la cámara, radiante.
—¡Fantástico! ¡Pura motivación! No olvides sonreír mucho hoy, Galleta. Es oficialmente el día más feliz que tendrás aquí.
Lazcano se inclinó hacia mí, su sonrisa torcida como un anzuelo: «No te preocupes, Galleta. Todos nos sentimos así al principio. Bienvenido a La Pecera. Aquí aprendes a nadar con los tiburones o te conviertes en su almuerzo».
Me dejé caer en la silla, que protestó con un crujido lastimero. Abrí mi cuaderno rescatado de la basura, las páginas en blanco brillando bajo el pulso errático de los fluorescentes. Aferré el bolígrafo con los dientes, sintiéndolo temblar con mi propio miedo. Luego, con la pata temblorosa, escribí:
Día 1: Mamá tenía razón. La Pecera apesta a lunes y a sueños muertos. Me llaman Galleta. Presiento que la parte de «romperme en pedacitos» no es una metáfora. Objetivo: aguantar en este agujero para poder escribir mi salida algún día. Primer paso: no convertirme en migas.
Lazcano lanzó la pelotita. El golpe contra la pared resonó como el primer tic-tac de una bomba de relojería. Estaba dentro. Y algo me decía que salir de allí sería mucho más difícil que entrar.
Respiré hondo, o lo intenté, porque el aire parecía tener la densidad del cemento fresco con un ligero toque a calcetín usado. Dejé el cuaderno sobre la superficie irregular de mi nuevo escritorio, una reliquia que parecía haber sobrevivido a varias glaciaciones corporativas. Al hacerlo, mi pata tropezó con una carpeta delgada, medio oculta bajo una montaña de papeles que alguien — probablemente el fantasma del empleado anterior, huido o reestructurado— había abandonado con la prisa de quien escapa de un edificio en llamas. La curiosidad, mi mala consejera de siempre, me impulsó a sacarla.
En la portada, con letras doradas que luchaban por mantener la dignidad sobre el cartón manchado, se leía:
PROGRAMA DE REESTRUCTURACIÓN INTERNA Y MEJORA DE LA ORGANIZACIÓN DE RECURSOS (PRIMOR): GUÍA DE CULTURA CORPORATIVA
Innovaciones Caninas, S. A.
Edición confidencial. No apta para mentes críticas, empleados con olfato o cachorros con esperanza.
VISIÓN
Ser la empresa líder en innovación canina… sin necesidad de aplicar innovación alguna. Nuestra verdadera visión radica en la próxima auditoría (y cómo superarla).
MISIÓN
Transformar nuestra endémica ineficiencia en un discurso elocuente. Optimizar recursos sin preguntar de dónde vienen ni a dónde van (especialmente si van al Tercer Piso). Reestructurar plantillas sin derramar lágrimas (al menos, no en horario laboral).
VALORES PRIMOR
Pasividad Proactiva: espera y verás. Si ignoras un problema lo suficiente, este o bien se resuelve solo, o bien asciende a un puesto directivo.
Resistencia Burocrática: sobrevive al Excel. Tolera el PowerPoint. Adora el Formulario. Recuerda: un informe bien redactado sobre no hacer nada es mejor que hacer algo sin informe.
Ineficiencia Selectiva Estratégica: haz lo mínimo indispensable, pero asegúrate de que parezca una proeza heroica digna de un aumento (que nunca llegará).
Manipulación Emocional Positiva: finge un entusiasmo desbordante hasta que sea contagioso (o hasta que te crean y te asignen más trabajo inútil). Sonríe, aunque tus sueños estén siendo devorados por un chihuahua puesto de cafeína.
Optimismo Vacío Obligatorio: el rictus de la felicidad es parte del uniforme. Póntelo cada mañana, aunque no te quede bien. La ignorancia es felicidad, y aquí la felicidad es un objetivo PRIMOR no remunerado.
Red de Favores Institucionalizada (RFI): no lo llames enchufe, llámalo visión estratégica del potencial oculto del sobrino del jefe. La meritocracia es un concepto abstracto que estudiamos en el Máster de Sinergias Inexistentes.
Cerré la carpeta lentamente. Ya me había quedado claro: o ladrabas con entusiasmo, o te trituraban con sonrisas. El golpe de la pelotita de Lazcano contra la pared ya no sonaba como el tic-tac de una bomba; sonaba como el sello definitivo en el formulario de defunción de mis esperanzas. Si esto era el PRIMOR, el revolucionario programa de Yáñez, entonces mi madre no solo tenía razón: se había quedado dramáticamente corta. La Pecera no solo apestaba a lunes; apestaba a una farsa meticulosamente diseñada y orgullosamente documentada.
Miré mi cuaderno. Las páginas en blanco, que habían llegado aquí llenas de la promesa de mi futura novela, ahora parecían burlarse de mí. El sueño de convertirme en escritor se sentía de repente muy lejano, casi infantil. ¿Cómo iba a escribir sobre la belleza del mundo si iba a pasar mis días ahogándome en este hedor a mediocridad? Apreté el bolígrafo con fuerza, con una nueva y sombría determinación: sobrevivir. Tenía que aguantar, mantenerme entero, no convertirme en migas. Solo así, algún día, podría escribir mi salida de este agujero.
© 2025 Cagada Pagada
Todos los derechos reservados


